Era uno de esos domingos que la desesperación había alcanzado puntos insospechados y que ella tenia que hacer algo.
Cuando se quiso dar cuenta de donde estaba, le pudieron las ganas de huir. No sabia que hacia allí, o como a ella le gustaba pensar no era consciente de porque había ido allí aun.
Entonces le entro esa estúpida valentia que a veces le caracterizaba, y siguió andando. Y con esa sonrisa de que si alguien te viera pensaría que estas loco, se encontró con unos zapatos sucios, unos vaqueros viejos y unos ojos marrones que creyó conocer hace tiempo.
Lo único a lo que podía aspirar esa chica, que estaba plantada en el portón de una casa que por supuesto no era suya, era a que no se escuchara una voz al final del pasillo.
La valentía que la habían echo llegar allí se había esfumado como los motivos que le hacían pensar que se alegraría de verla, tal vez se fueron como el tiempo que paso desde que decidió alejarse de su vida.
Solo se le ocurrió pedir disculpas, aunque el no recordara los motivos. Al fin y al cabo se pedía perdon a ella misma, porque nunca pudo hacerlo.